Mujeres y Nuevas Tecnologías

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Susana tenía una computadora en su casa hacía ya varios años, pero no la tocaba más que para sacarle el polvo. Decía que era para sus hijas y su marido, para el estudio y el trabajo; que ella la podía romper o borrarle los programas, y que para qué la iba a usar…

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Olga no tenía computadora en su casa. Cuando parte de la familia que vive en EEUU manda noticias, ella se enteraba por su hija que tiene casilla de correo y les pasa las novedades.

Cecilia había recibido una máquina nueva, muy moderna, regalo de unos amigos que se fueron del país y se la dejaron. Allí estaba sin usar, porque no sabía muy bien cómo ni para qué.

Estas mujeres podrían ser inventadas, pero son de carne y hueso. Podrían vivir en México, Rio o Madrid, pero viven en Montevideo- Uruguay. El destino las reunió junto a otras 12 compañeras en un curso breve de computación y género que se organizó en el barrio. Fue muy corto y nadie se volvió experta, pero se perdió el miedo al “Enter”, se despertó el entusiasmo por el clickeo, la curiosidad por el Google y se crearon muchas casillas de correo.

La brecha digital tiene aristas socioeconómicas, generacionales, geográficas y también de género. Es otra forma que adquiere la inequidad ya existente en nuestras sociedades, ahora relacionada con el acceso y apropiación de las TIC.

El ejemplo de Susana, Olga y Cecilia acerca la realidad de mujeres adultas que por temor, falta de oportunidad o incluso información, o no se habían interesado en las computadoras, y que paulatinamente adquirieron confianza en sí mismas para realizar un manejo básico. Perder el miedo fue un primer paso fundamental. Después comienza la etapa de exploración de las posibilidades que ofrecen las nuevas herramientas en su más amplio espectro: escribir a parientes lejanos, diseñar un afiche para el centro del barrio, compartir información o generarla ellas mismas.

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